jueves, 26 de mayo de 2016

Aún así // Aun así




Aun así, sin tilde en aun, equivale a pese a eso, a pesar de eso, con todo o sin embargo,  tal como indica la Ortografía de la lengua española.
Aún así, con tilde en aún, significa todavía así.
Sin embargo, es muy frecuente encontrar frases como: «Aún así, Trias ha destacado que, si se es un motor de la economía, la actividad debe permitir volver a la situación normal» o «Aún así, el 0-0 continuó en el luminoso hasta el descanso», siendo lo apropiado escribir en estos casos: «Aun así, Trias ha destacado que, si se es un motor de la economía, la actividad debe permitir volver a la situación normal» o «Aun así, el 0-0 continuó en el luminoso hasta el descanso».
En general, la palabra aún lleva tilde cuando se puede sustituir por todavía, mientras que se escribe aun cuando equivale a incluso, hasta, también o (ni) siquiera, tal como indica el Diccionario panhispánico de dudas.
Cuestión distinta es la secuencia del adverbio temporal aún y el adverbio de modo así en frases como: «La competición se avecina y las instalaciones siguen aún así», donde aún se escribe con tilde porque equivale a todavía, y también podría haberse escrito: «La competición se avecina y las instalaciones aún/todavía siguen así».

martes, 10 de mayo de 2016

¿Qué es un corrector de estilo?


El corrector de estilo no es solamente un experto en poner tildes, ubicar comas y distinguir palabras bien escritas de palabras mal escritas.
El corrector es un lector, ni más ni menos que el primer lector ajeno al texto (el primer lector, propiamente dicho, es el autor, pero este siempre se enfrenta con sus escritos por segunda vez, y nunca podrá hacer una primera lectura del mismo). 
Y se trata de un lector atento, un especialista —ahora sí— en interpretar sentidos, los intencionales y los que no, y en captar lo que el texto está diciendo, mucho más que lo que el autor quiso decir. Y los correctores no son solo para los libros, sino que en todos los ámbitos se están produciendo textos (¡incluso en la tele!), y estos mensajes deben siempre revisarse. En publicidad, por ejemplo, los textos son siempre breves, brevísimos, pero cuánto más cortos son, más importante resulta que el texto sea efectivo, y que diga exactamente lo que uno quiso decir.

JUAN SASTURAIN (Extraído del blog "De la ortografía y otros demonios").

domingo, 1 de mayo de 2016

Curiosidades gramaticales del idioma español

-El vocablo "reconocer" se lee lo mismo de izquierda a derecha que viceversa.
-En el término "centrifugados" todas las letras son diferentes y ninguna se repite.
-En "aristocráticos", cada letra aparece dos veces.
-En la palabra "barrabrava", una letra aparece una sola vez, otra aparece dos veces, otra tres veces y la cuarta cuatro veces.
-El vocablo "cinco" tiene a su vez cinco letras, coincidencia que no se registra en ningún otro número.
-El término "corrección" tiene dos letras dobles.
-Las palabras "ecuatorianos" y "aeronáuticos" poseen las mismas letras pero en diferente orden.
-Con 23 letras, se ha establecido que la palabra "electroencefalografista" es la más extensa de todas las aprobadas por la Real Academia Española de la Lengua.
-El término "estuve" contiene cuatro letras consecutivas por orden alfabético: stuv.
-Con nueve letras, "menstrual" es el vocablo más largo con solo dos sílabas.
-"Mil" es el único número que no tiene ni o ni e.
-La palabra "pedigüeñería" tiene los cuatro firuletes que un término puede tener en nuestro idioma: la virgulilla de la ñ, la diéresis sobre la ü, la tilde del acento y el punto sobre la i.
-La palabra "euforia" tiene las cinco vocales y solo dos consonantes.
-La Palabra "argentino", solo puede ser transformada en "ignorante".
-Entre los matices que distinguen a la lengua española figuran en un sitio relevante las curiosidades. Pongo de muestra un caso de acentuación. Aquí se trata de una oración en la cual todas sus palabras - nueve en total - llevan tilde. Ahí les va:
«Tomás pidió públicamente perdón, disculpándose después muchísimo más íntimamente». A lo mejor es una construcción forzada, pero no deja de ser interesante.
-La palabra "oía" tiene tres sílabas en tres letras.
-El término "arte" es masculino en singular y femenino en plural. 

sábado, 23 de abril de 2016

400 años de la obra más universal



Don Quijote soy, y mi profesión la de andante de caballería. Son mis leyes, el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿Es eso, de tonto y mentecato?

Don Quijote de la Mancha.


Nos sentimos orgullosos desde Editorial C & M, que después de 400 años, se siga recordando la obra más universal del mundo y a su escritor, Miguel de Cervantes Saavedra.

lunes, 11 de abril de 2016

El trabajo de un corrector

La profesión del corrector de textos es tan antigua como la imprenta, y sin embargo es un oficio generalmente muy desconocido. Eso se debe precisamente a que, si un corrector es realmente bueno, no se le ve: parte de su trabajo es ser casi invisible. Sin embargo, si en una publicación lo echamos de menos, puede ser nefasto para la imagen del autor.
Si un corrector pasa inadvertido, habrá hecho un buen trabajo.
Se trata de un oficio solitario y exigente, pero muy gratificante para el que de verdad ama la palabra escrita. ¿Qué hace exactamente ese extraño personaje para ganarse la vida?

Qué hace un corrector cuando trabaja en un texto

Un corrector, por supuesto, revisa la ortografía, los signos de puntuación, la gramática de un texto. Pero no termina ahí su tarea. También se encarga de que un texto, además de correcto, sea preciso. Combate las redundancias, las ambigüedades y el abuso de los verbos comodines («decir», «tener», «haber», «poner»…). Comprueba la coherencia tipográfica del texto, el uso de mayúsculas, la ortografía de los nombres de personas y lugares y se asegura de que los términos técnicos estén empleados con propiedad. Propone cambios léxicos cuando la palabra elegida conlleva connotaciones no deseadas y controla el uso inadecuado de cultismos («climatología» por «clima»). Y todo ello lo hace conservando el estilo personal del autor del texto. En pocas palabras: el escritor desarrolla una idea, compone una historia o explica una teoría; el corrector se encarga de que ese mensaje se transmita al lector de forma correcta, clara y eficaz.

Por supuesto, el corrector no es infalible. Aunque suele ser una persona perfeccionista y minuciosa, siempre existe la posibilidad de que se le escape alguna errata. Pero también, más incluso que en otros trabajos, la experiencia juega a su favor, y a lo largo de su carrera va desarrollando un ojo más agudo, algunos trucos de oficio y un insaciable afán de aprender hasta el último día que ejerza su profesión. Este es, de hecho, uno de los mayores encantos de este trabajo: que cada día es diferente y se aprenden cosas nuevas.

Cualidades que reúne un buen corrector de textos

  • No teme al silencio ni a la soledad. De hecho, la elevada concentración que requiere su trabajo a menudo le lleva a aislarse durante el desarrollo de su actividad.
  • Duda de todo, incluso de sí mismo. Es un especialista de la lengua, pero eso no quiere decir que lo sepa todo: un buen corrector se acompaña de diccionarios y obras especializadas y consulta constantemente los recursos virtuales. A menudo comprueba casi cada palabra de una frase.
  • Es una persona curiosa, con cultura general, por supuesto, pero especialmente con muchas ganas de aprender sobre toda clase de materias.
  • Tiene buen oído para buscar la cadencia idónea en el texto.
  • Es paciente: a menudo es un trabajo arduo y algunas erratas pondrán sus nervios a prueba.
  • Es una persona firme para defender la limpieza del texto, pero flexible para entender los intereses particulares de cada autor.
  • Siente un gran amor por la lectura y por la palabra escrita.
Todas estas características configuran a un auténtico profesional del lenguaje que realiza un trabajo artesanal que complementa al del escritor. Si desempeña bien su función, el texto ofrecerá lo mejor de sí mismo.

lunes, 4 de abril de 2016

Adiós a Chus Lampreave


Chus Lampreave fue una de las primeras y más genuinas chicas Almodóvar, aunque a menudo en sus películas hizo de abuela, y ha arrancado carcajadas con su humor natural, su capacidad para convertir en míticas las frases de sus personajes y, cómo no, sus gafas de hipermétrope.
Muchas de esas frases forman parte ya del patrimonio emocional de cualquier cinéfilo, como la de su celebrada portera cotilla de «Mujeres al borde de un ataque de nervios» (1988): «Yo soy testigo de Jehová y mi religión me prohíbe mentir».
Pero también el «Uy, se me olvidaba que soy diabética», que dice la terrorífica abuela de «¿Qué hecho yo para merecer esto?» (1984) o el «Cállate ya, cara de ladilla», que le espeta a Rossy de Palma en «La flor de mi secreto».
A Almodóvar le dijo dos veces no, en «Pepi, Luci, Boom... y otras chicas del montón» (1980) y en «Laberinto de pasiones» (1982). Y a la tercera fue la vencida. Su sor Rata de Callejón de «Entre tinieblas» (1983) fue su primer personaje con el director manchego. A partir de entonces, se hicieron inseparables.
Rodaron juntos ocho películas en total. Aunque no está en «Julieta», que se estrena esta semana, fue la madre de Eva Cobo en «Matador» (1986) y la tía Paula de «Volver»(2006). Con el personaje de portera hizo casi un género propio, en el que reincidió en «Hable con ella» (2002) y «Los abrazos rotos» (2009).
Fueron estos personajes los que convirtieron a Lampreave en una de las actrices más queridas por el público, a pesar de que siempre estuvo en segunda fila. Pero su carrera va mucho más allá, con más de 80 producciones de cine y televisión y una capacidad para seducir a los más grandes cineastas.

Su único Goya, como mejor actriz de reparto, lo obtuvo gracias a su doña Asun de «Belle Époque» (1992), la película que le valió el Oscar a Fernando Trueba, con quien también rodó «El año de las luces» (1986) y «El artista y la modelo» (2012).
Y con José Luis Cuerda formó parte del equipo de una de las comedias de culto de la filmografía española, «Amanece que no es poco» (1989), donde interpretaba la madre de Nge Ndomo, el único negro del pueblo.
Todo esto a pesar de que siempre dijo que no era una actriz vocacional, que lo suyo era la pintura. De hecho, estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, hasta que Jaime de Armiñán la «descubrió» y la introdujo en la televisión.
En el cine debutó con un pequeño papel en «El pisito»(1959) de Marco Ferreri. Con Berlanga rodó su mítica trilogía nacional, «Todos a la cárcel» (1993) y «Moros y cristianos» (1987). Fernando Colomo, Fernando Fernán Gómez, Santiago Segura o Antonio Mercero también se rindieron a su talento.
En los últimos años encontró un nuevo filón en la publicidad, eso sí, siempre con firma de autor: el anuncio de Campofrío dirigido por Benito Zambrano en 2014 o el de KH7 que filmó Juan Antonio Bayona, para el que recuperó sus clásicas gafas de aumento.
La echaremos mucho de menos. Descanse en paz.

lunes, 28 de marzo de 2016

Creadora del primer libro electrónico


Nació hace 121 años en Villamanín, León. Hija de una familia acomodada, Ángela Ruiz Robles se trasladó a Ferrol tras aprobar las oposiciones de maestra. Fundó una academia para adultos, que llamó Elmaca en honor a sus tres hijas -Elena, María Elvira y Carmen- y se jubiló dando clase a obreros que alfabetizaba de forma gratuita y desinteresada. Le dio tiempo, además, a escribir 16 libros. Pero doña Angelita era conocida, sobre todo, por sus innovaciones pedagógicas. Visualizó la era de las pizarras digitales con varias décadas de antelación. «El futuro habla, pero pocos entienden lo que dicen». Ella lo comprendía a la perfección. Y también que no debía perder el tiempo. Su mente privilegiada y su profunda vocación por la pedagogía y la educación le marcaron el camino. ¿Su objetivo? Aligerar los kilos con los que los alumnos cargaban sus espaldas resumiendo en un único libro todas las materias, hacer más atractivo y, al mismo tiempo más sencillo, el aprendizaje; en definitiva, convertir la enseñanza en algo interactivo y estimulante. Y en la primera mitad del siglo XX.



El libro electrónico de Ángela Ruiz Robles constaba de dos partes. La primera, de conocimientos básicos: lectura, escritura, numeración y cálculo. Haciendo presión en abecedarios y números se formaban sílabas, palabras y lecciones. La segunda funcionaba con bobinas, cada una dedicada a una materia. Y podía incorporar luz y sonido. El dispositivo estaba cubierto por una lámina transparente e irrompible, con cristal de aumento. E incorporaba, además, una luz, para que se pudiese leer en la oscuridad. Además, sumaba sonido con las explicaciones de cada tema. Todo en el tamaño de un libro, «de facilísimo manejo y peso insignificante», describía la propia autora. «Fue no solo una avanzada a su tiempo, sino una revolucionaria, porque en su patente añadía la posibilidad de incorporar en el futuro innovaciones como pulsadores de voz y calculadoras e intuía ya la importancia de aprender idiomas como el inglés y el francés».